RENUNCIO A LOS MÚSICOS, SEÑOR JUEZ
No hay nada peor que un músico inspirado. Aún cuando seamos las musas. Un músico inspirado es un zombie con guitarra. Clava los ojos vidriosos en un punto fijo que parece ser nuestro pezón pero no lo es. Vaga por el ambiente musitando incoherencias (más que de costumbre). Se va a la casa un día y no vuelve por una semana. Lo bueno es que cuando vuelve se bañó. Con suerte.
Los músicos hacen lo que se les antoja y no reparan en detalles. No huelen esas velas de jazmín ni se fijan en el nuevo corpiño de encaje. Es más, si ellos tienen fiaca, entran, se tiran en la cama y prenden la tele mientras se enfría el pato a la naranja. Ni les importa que vos misma cazaste el pato en Parque Centenario.
Son los eternos inconformistas. Se quejan si nadie los va a ver, se quejan si hay demasiada gente, se quejan si tienen que armar la batería, se quejan si la batería ya la armó otro. Por suerte tocan y se olvidan de todo lo que se quejaron, aún cuando nosotras quedamos encendiendo un pucho con la colilla del anterior.
Maestros del derrotismo, se deprimen porque pifiaron una nota. Y la banda obra como una suerte de terapia de grupo donde siempre alguno está deprimido. De alguna manera quizás esa melancolía eterna les da cierto encanto irresistible. Son los ases de la bipolaridad. Una guitarra desafinada es el equivalente a la hambruna en África. Y lo peor es si están zapando y se nos ocurre contarles que acabamos de perder el trabajo o nos detectaron una enfermedad incurable. De repente nos miran con los ojos brillantes y no es empatía hacia nuestros problemas, ¡es que encontraron ese acorde perfecto!
Y encima tenemos que lidiar contra toda una fauna femenina de amantes de los músicos. O, mejor dicho, amantes de la mejor parte de los músicos, esa parte donde tocan un ratito y son felices sin toda la escala de grises que nos comemos las novias. Tenemos a la personal trainner tetona que se buscan para que les enlongue los glúteos, porque seguramente leyeron por ahí que eso es lo correcto. Elongar los glúteos, digo. Tenemos a la chica de la barra donde tocan siempre que es especialista en ponerlos en pedo con una sonrisa. La “RRPP” que parece trabajar a porcentaje en “especias” y para las celosas, en realidad, tenemos a las vendedoras, las oficinistas, las empleadas domésticas, en fin… cualquier mujer con dos piernas y dos brazos, es una amenaza.
Porque seguro que existe la panacea de la amante que los deja flirtear a diestra y siniestra pero yo, señores, no lo soy.
No hay una explicación lógica para que las chicas nos enamoremos de estos idiotas, sólo sucede. Son esas extrañas alquimias de la vida. Y bien dice el dicho: “Dime con quién andas y te diré quién eres”.
Por suerte nos enamoramos también de otros idiotas y de ellos hablaré el próximo lunes. Por el momento, renuncio a los músicos, señor Juez.






























